jueves, 11 de enero de 2018

El marqués de Salamanca

En las vacaciones navideñas tuvimos la ocurrencia de hacer pasar una mañana turística por Madrid a mis hijos y sobrinos pequeños. Se trataba de ahorrarnos lo que un guía turístico estaba dispuesto a embolsarse por enseñarnos el Madrid de los Austrias, o de las Letras y, por supuesto, la zona del Bernabeu.

Hacía tiempo que llamaba mi atención el que el barrio de Salamanca debiese su nombre a un personaje, un marqués que, al parecer, había sido el propietario de los terrenos en los que hoy se sitúa la llamada "Milla de oro" y, en general, la zona más chic de la ciudad. Así que decidí ponerme a investigar un poco, con la intención de poder realizar una ruta que resultase llevadera para los niños y atractiva para los mayores. Todo partía de un plan, aprobado en el año 1860, llamado "Ensanche de Madrid", encargado a un ingeniero y arquitecto llamado Carlos María de Castro, que vivió en la calle Fernando el Santo, 14.

Comenzamos por el museo Lázaro Galdiano, en Serrano esquina con María de Molina y lo cierto es que deberíamos haber terminado allí. Por si no lo habéis visitado, he de decir que vale mucho la pena (el tipo fue ante todo coleccionista de arte y llegó a reunir 12.000 piezas). Después fuimos capaces de ver por fuera varios palacios y palacetes del barrio, la mayoría de ellos construidos a principios del siglo XX. Hay un arquitecto muy prolífico en el barrio, seguramente el que más edificios proyectó, llamado Saldaña, que realizó obras muy meritorias. Algunos edificios de la época están destinados hoy al alquiler de pisos, por ejemplo en la calle Velázquez, 63. Otros son sedes de embajadas, como la italiana, en la calle Lagasca.

Me arrebató la biografía del marqués, José de Salamanca y Mayol, malagueño de nacimiento, aventurero, hombre cercano a la corona de Isabel II, enemigo y luego amigo de Narváez, hombre de negocios, que había estudiado Filosofía y Derecho. Fue, según cuentan, el hombre más rico de Europa en el último cuarto del XIX; y fue capaz de arruinarse y morir en Carabanchel desposeído de todos sus palacios en el barrio que lleva el nombre de su título nobiliario.

Salamanca fue bastante "trepa", por lo que parece. Y leer sobre él y sobre Lázaro Galdiano te permite avanzar un siglo en la historia y ver que, por ejemplo, lo de defraudar y llevar colosales sumas de dinero a Suiza no es sólo un signo de nuestro tiempo, sino que se llevaba a finales del XIX. La historia de ese siglo no sólo es apasionante desde casi cualquier punto de vista, sino que permite entender la actualidad sociopolítica española mucho mejor que la dictadura de Franco y la democracia en la que más o menos vinimos al mundo los de nuestra Generación.

Qué bueno sería encontrar a alguien de entre nosotros que pudiera guiarnos, por poner un ejemplo, por el museo al aire libre que hay a la altura de la calle Eduardo Dato, en pleno Paseo de la Castellana y las zonas de alrededor, con esculturas de autores españoles de Vanguardia. ¿Sabíais que hay una "Sirena Varada" de Chillida? Otras excusas también serían buenas para que padres e hijos nos diésemos una vuelta para descubrir tanta realidad enterrada en Madrid, a la que no prestamos ojos porque el semáforo se ha puesto en verde. Sobra decir que es tan sólo una idea.

martes, 9 de enero de 2018

Describa en tres minutos...

...todo lo que pasa por su cabeza. Evite pensar en dos cosas al mismo tiempo. No sea ridículo, no se pare a pensar en qué es lo que va a dejarle en mejor lugar -para eso bastaría con arreglarse un poco el pelo y limpiar de vez en cuando sus zapatos (o mejor, usar zapatos en lugar de deportivas)-. No arriesgue, no permita que su imaginación le juegue una mala pasada yéndose por los cerros de Úbeda. ¿Que dónde están esos pequeños accidentes geográficos? No sea maleducado, no estamos aquí para perder el tiempo. Es más, no estamos en este lugar, en esta circunstancia, en el presente momento, sino para perderlo. A ver, describa:

-Bueno, umm, bien; me gustan las palabras. Por ejemplo, "divulgativo", "pendejo", "volátil", "bisturí". Me gusta pronunciar "arquetípico", "soslayar" y... sobre todo "treta"; cuando digo "treta" es como si el mundo se resumiese, encogiéndose a mi antojo, sirviéndome un sentido bien definido, pequeño y familiar. Digo "treta" y las cosas están en su sitio, quizá porque son pocas, como si dos sílabas cerrasen un círculo complejo y completo. Pero no por eso voy a echarme a dormir sin más.

También me gustan los avatares, no la palabra, que es forzada, poco sutil, incómoda si la introduces en una conversación coloquial. Lo que me interesa son las cosas pequeñas que tienes que describir cada día para confirmar que han sucedido verdaderamente. Detesto la menta; nunca me gustó el olor de los chicles de clorofila, ni los chicles mismos (la palabra es odiosa, por lo demás). Odio también los lugares comunes, las frases hechas y lo vulgar. Todo ello me deja parado, sin capacidad para pensar ni decir nada oportuno. Debo de poner cara de idiota cuando alguien mantiene con enérgico convencimiento que los políticos son todos unos loquesea. Me traslado a otros mundos mientras la gente a mi alrededor repite noticias que ya he oído en la radio. Cuando me dicen "Feliz año" por el Whatsapp me planteo si debo no responder para acabar con una costumbre que no me gusta, y siempre acabo por contestar.

Pero estoy cayendo de nuevo en lo mismo, doctor, vuelvo a hablar de mí, de mis manías, que en el fondo tampoco me importan tanto. Lo que odio no es algo de lo que reniegue. Tampoco me encuentro tan incómodo en las situaciones cotidianas, a pesar de que me parezcan una pérdida de tiempo y de sentido.

-¿Una pérdida de sentido?

-Sí. Ya sabe que para mí lo del sentido de la vida es como para mi padre el postre. Si no lo toma es como si no hubiese comido, dice. Si lo que se comenta a mi alrededor no tiene visos de apuntar a una finalidad, a una manera de hacer las cosas; si no esboza un signo que ayude a entender una manera de ser, las palabras nublan mi consciencia. A veces incluso me mareo si la conversación sube de tono. Quiero decir, si los tópicos y las insensateces se prolongan, necesito sentarme para no caerme redondo y, en lugar de ello, suelo asentir con un gesto, o incluso añadir: "Desde luego". Soy una arpía, una alimaña, un perfecto desheredado que, no obstante, da la sensación de esperar algo de cada cual. ¿No le parece que si no hay sentido, entonces reina el absurdo? ¿Es soportable vivir para el sinsentido?

-Bien, ha pasado su tiempo. Hemos rebasado los tres minutos y no me ha dicho usted nada de lo que pasa por su cabeza, sino tan sólo cosas que hay en su cabeza. El próximo ejercicio va a ir más al grano, para que no se me escape usted por la tangente.

-¿No ha pensado usted siempre que la tangente era como un leve roce, íntimo, silente, delicado y triste?

-No se vaya por las ramas...

-La tangente de las ramas, acariciando cada abrupta corteza, cada grácil hoja temblorosa, cada guiño esquivo del sol entretejiendo amaneceres... No me haga caso. Discúlpeme. Me hablaba del próximo ejercicio.

-Sí, el siguiente va a ser sin palabras.

jueves, 4 de enero de 2018

Diálogos -a duras penas- con mi dentista

En la sala de espera del dentista es fácil cruzar miradas cómplices con aquellos que, como uno mismo, van a ser sometidos a esa humillación imprescindible de dejarse hurgar una parte tan íntima como la boca.

Pero pronto, si consigues evitar mirar el teléfono móvil y aprovechar tu tiempo, puedes imaginar qué le pasa a cada uno de tus compañeros accidentales: ¿necesitará un mero empaste o se le habrá complicado la situación de tal manera que requiera una ortodoncia? ¿Cuántas fundas llevará la señora de la esquina? ¿Será la primera vez que viene, estará aquí por una muela del juicio? Y ese señor con esa apariencia tan noble; se diría que se ha equivocado de especialista, no debería pasar de tener problemas de cefaleas...

Cuando sonó mi nombre en la voz alta de la enfermera, un escalofrío recorrió cada una de mis células. Por un momento recordé la escena de El Verdugo de Berlanga. Pero esta vez yo no era el verdugo, sino el condenado. Me dirigía firme y confiado al paredón de la silla reclinable (¿eléctrica?). Y por aquello de romper el hielo y hacerle más amable el trago a la doctora, le espeté: "¿cree que todas las dentaduras son iguales?"

-¿Qué quiere decir?

-Tal vez que para usted una dentadura es igual que otra. Después de una experiencia tan dilatada, supongo que para su parecer todos los dientes se parecen. Si yo fuese un cirujano que opera del estómago, no tendría en cuenta si se trata del apéndice de una joven bien parecida o el de una anciana moribunda. Lo importante en esos casos es el estómago como tal. Y, en ese sentido, quizá pensaría que todos son, a fin de cuentas, iguales. Pues lo mismo en el caso de los dientes.

-Es usted muy gracioso, nunca lo había considerado de esa manera. ¿A qué se dedica usted?

-¿Cómo? ¿Habla en serio? ¿Nunca lo había considerado de esa manera? Yo soy profesor de filosofía y, por tanto, me dedico a dar vueltas a aquellas cuestiones a las que otros no prestan la más mínima atención. Por ejemplo, pienso en qué estará pensando de mí la dentista, en lugar de si llevo la camisa arrugada. En si las arrugas de la camisa le conducirán a pensar que soy soltero o si por el contrario creerá que vengo directamente del trabajo. Yo no me detengo en estupideces del tipo de cuánto me va a costar arreglar todo este desaguisado, amplio de miras como soy, prefiero pensar en si la estructura de mi dentadura obedece a la de un kantiano recalcitrante o si es la típica configuración vulgar de un comercial de bebidas alcohólicas.

-Ja, ja, ja, ja. Insisto en que es usted una persona muy divertida. Vamos a ver ese 24.

-Doctora, le aseguro que esto no es tan desagradable para mí como ignorar para siempre si los dientes pueden ser un dato relevante de la personalidad. Antes de adentrarnos en las profundidades de mis pequeños huesos bucales, ¿los colmillos de un abogado son más o menos afilados que los de un periodista? Y tan sólo una pregunta más: ¿mira a su marido basándose en su manera de ser o lo juzga por las veces que se cepilla al día?

-Ja, ja, ja, ja. Qué gracia tienen los filósofos. Nunca me había enfrentado a un 24 tan repleto de sentido. Seguro que debería responder a su pregunta afirmativamente. Sí, todas las dentaduras son iguales para mí...

-Si todas las dentaduras son iguales, al menos a grandes rasgos, ¿qué interés tiene su oficio?

-Ninguno, al margen de colaborar en que la vida sea más agradable de lo que es para mis pacientes.

-Luego usted no trabaja por dinero.

-Claro que sí. ¿Y usted?

-Yo trabajo para facilitarle a usted el camino a la felicidad. Para hacerle ver que cada diente no es un mero diente, ni cada empaste un mero empaste. Para tratar de averiguar si nuestras bocas pueden ser metáforas de lo que vivimos y, por tanto, en rigor, de lo que decimos. Trabajo para hacerles preguntas tontas a personas inteligentes y preguntas inteligentes a personas que no lo son tanto; para borrar la frontera entre lo oficialmente inteligente y lo establecido como estúpido. Hinco mis dientes en la racionalidad para ver si hay algo que sacar del pensamiento, aparte del gusto por dejar de tener faltas de ortografía o memorizar las capitales de Europa. Busco verdades ocultas, que se esconden detrás de las vidas individuales, de las apasionantes historias de cada uno de mis semejantes, a los que jamás lograré ver como tales, porque tengo un problema, por encima de este flemón: se le podría llamar hiperreflexividad; diagnosticarlo sólo serviría para hacer de mí una persona especial.

Y para eso ya está cada uno de nosotros. ¿Qué, me hace un tatuaje en la pieza dañada? A ver si es posible que se lea: "Mi mujer y mis hijos: me los como. ¿Por qué me salen caries?"

-Bien. Siéntese. Esto va a ser más fácil de lo que usted se imagina.

-Desde luego que sí. Mire, cuando abro la boca y cierro los ojos en el dentista sueño que tengo una conversación en la que articulo de manera adecuada cada una de las sílabas que pronuncio. Y eso sin plantearme si son sílabas o palabras lo que digo.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Píldoras filosóficas II

Hoy voy a hablar de tópicos inservibles: la motivación y la autoestima.
En el mundo de los libros de auto ayuda son dos de las expresiones más recurrentes. Quien haya dado algún paseo por este tipo de publicaciones se habrá dado cuenta de que dichos libros encierran una paradoja inadmisible en el mejor de los casos; una contradicción flagrante en el peor.

Si el libro me ayuda, no es de auto-ayuda. Y si el libro realmente tiene algo de verdad, lo que me ayudaría no es que otro me diga cómo he de hacer las cosas, conducir mi vida, relajarme... Es decir, la ayuda propia sólo puedo dármela yo a mí mismo; por tanto, la obra en cuestión irá a la papelera.

Definamos brevemente cada una de estas expresiones estrella de la literatura psicológica divulgativa.

1. La motivación es aquello que mueve a una persona a hacer lo que hace. Alguien desmotivado es quien no se mueve, aquel a quien moverse le cuesta. Y la razón de ese estatismo puede estar dentro de uno mismo o fuera. Puede suceder que no me mueva porque alguien me lo impide, por ejemplo, proponiéndome constantes obstáculos. Pero también puede ocurrir que no tenga ninguna ilusión, ninguna meta que alcanzar, por lo que evitaré hacer cosas que carecen de sentido, que no están llamadas por nada. La desmotivación interior nunca es un problema si existe una motivación exterior. Si tengo una meta estoy motivado, y también si alguien me la marca (así, por ejemplo, aunque nos resulte costoso cada día, acudimos regularmente al trabajo)

La desmotivación puede definirse fundamentalmente como falta de objetivos. Los motores que nos mueven están dentro de nosotros en la medida en que están fuera. Si soy yo el que he de motivarme, de moverme a mí mismo, probablemente mi capacidad de movimiento vaya disminuyendo. Probablemente porque no siempre podré moverme hacia donde quiero. No siempre me estará permitido o no siempre poseeré fuerzas para llevarlo a cabo.

Algunas obras de autoayuda suelen achacar la falta de motivación a un problema interno fácil de resolver, cuando en realidad dicha ausencia se encuentra fuera. Quien se sabe querido no necesita motivación propia, ya la recibe de fuera. Por eso, si erramos el tiro, estamos condenados a fracasar, en el caso de que nos empeñemos en disparar de la misma manera. No busques una motivación fácil dentro de ti, sino fuera.

2. La autoestima es un querer hacia dentro o hacia sí. ¿No podría confundirse con el egoísmo o la presunción? Seguramente quien tiene "baja" autoestima lo que tiene es baja estima por parte de los demás. Sin lugar a dudas, el aprecio de sí es algo connatural a la subjetividad. Todos nos cuidamos y apreciamos a nosotros mismos y suicidarse no se debe tanto a no quererse como a no ser querido. Porque uno no puede desdoblarse para ser espectador de sí mismo. Si no tengo autoestima porque soy feo o inútil, lo que ocurre es que interpreto que así es como me juzgan los demás. Algo que, por lo demás, proviene de mi forma de ser o mi comportamiento.

Por tanto, las cosas, en este sentido, dependen de mi interpretación de lo que los demás piensan de mí. Y eso, a su vez, de las conductas que tienen con respecto a mí. Lo cierto es que es tan probable que me equivoque con respecto a lo que los demás piensan de mí, como que acierte. Lo relevante, sin embargo, es que eso no puede afectarme más de lo normal. La falta de autoestima significa, por tanto, un problema referido a la importancia que damos al juicio de los demás. Si tenemos en cuenta que nuestra valoración está expuesta al error, de manera habitual y, más cuanto más pendiente estoy del papel que represento ante el resto, el problema de la autoestima merece ser disuelto en lugar de resuelto. Esto es, prescindir del concepto para intentar hacernos valer (o mejor, querer) ante los demás siendo como somos. Pues, al igual que nuestras madres hacen con sus hijos, cada cual se querrá a sí mismo con independencia de sus defectos.

Esto es, no obstante, sólo sentido común. La vida occidental contemporánea quizá ponga muy difícil pensar según el sentido común, en lugar de hacerlo a partir de los dictados de la psicología ficción. Yo no encuentro mejor solución a los enredos derivados del uso desmedido de ambos términos.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Píldoras filosóficas. I

No me gusta el nombre "píldora", con el que frecuentemente nos referimos a textos de pequeña extensión, que suelen utilizarse en ámbitos psicológicos y pedagógicos. Se trata de una especie de breves consejos, de explicaciones sencillas que pretenden servir de ayuda a una finalidad pretendidamente profunda. No he oído hablar de "píldoras filosóficas". A pesar de que, insisto, la expresión me parece desafortunada, creo que lo que quiero compartir son precisamente eso: composiciones no muy largas que puedan servir de ayuda para la práctica de la filosofía, esto es, que sean útiles a la reflexión. Por tanto, a riesgo de no producir verdaderas píldoras, me propongo ofrecer breves artículos sobre temas tan diversos, que a duras penas me daría para poder decir de qué quiero hablar.

Hoy hablaré de la Pereza.

Para muchos la Pereza es un vicio que se opone a la virtud de la Laboriosidad. La Laboriosidad, a su vez, remitiría a una virtud más alta, la Fortaleza. Ésta puede ser definida como la costumbre de empeñarse en ser uno mismo más allá de las dificultades. Siempre he pensado que la Filosofía Estoica es un desarrollo estricto de la virtud de la Fortaleza. Porque el combate que el estoicismo propone con los cambios de fortuna, los sentimientos, las cosas que nos pasan, que no dependen estrictamente de nosotros, seguramente consiste en una pugna por ser fuerte a pesar de las dificultades. Por ello, la Fortaleza incide en el vigor del ánimo. Se trata incluso de una síntesis de la virtud como tal. Si ser virtuosos -siempre se ha dicho- nos hace fuertes (vis, fuerza), la fortaleza podría ser, vista desde la filosofía de la Estoa, la virtud de la virtudes (en lugar de la Justicia o la Prudencia, como quisieron Platón y Aristóteles, respectivamente).

Pues bien, la Pereza es uno de los problemas que más frontalmente se oponen a la Fortaleza. La Pereza es la costumbre de dejar de hacer lo que uno se propone o aquello a lo que se es llamado, por el mero hecho de dejar de hacerlo. Sí, tal cual: el perezoso no quiere hacer otra cosa que lo que se le dice o se dice que ha de hacer, sino tan sólo no hacerlo. La pereza -la escribo con minúscula a partir de ahora- es una negación. El perezoso puede no levantarse a la hora, o no ir a comprar el pan. Puede, tal vez, dejar el estudio para después o no cambiar de canal por no estirar el brazo. Estamos ante una persona cansada. ¿Cansada de qué o por qué? No se ha realizado un ejercicio especialmente agotador, nada concreto hay que achacar a un plus de esfuerzo; sin embargo, "no me apetece". Pero no hay una falta de disposición puntual, sino más bien habitual. La pereza es un vicio y, por tanto, ha de ser un hábito, siguiendo a los clásicos. Por eso, un perezoso no es aquel al que le cuesta esto concretamente, sino quien encuentra una dificultad más amplia, que se extiende a lo largo de todo aquello que en un momento dado no le es apetecible.

Entendida así, la pereza, lejos de ser un acto, indica una tendencia. Si tiendo a acusar toda contrariedad por oponerse a mis apetencias, ser perezoso me convierte realmente en una persona débil. Para muchos se trata de la madre de todos los vicios, no sin razón. Y con frecuencia, utilizamos la palabra para referirnos a lo que tendemos a evitar o, si se quiere, aquello con lo que no congeniamos. "Me da pereza escucharle, siempre me habla de cuestiones sin interés para mí". "Uf, ahora clase de Lingüística, qué pereza". Es como si en el uso del término hubiésemos derivado hacia un significado del vicio que lo reduce a un genérico "no me gusta, me resisto a pasar por ahí, mejor lo dejo, paso de ello". Lo que llama la atención es que la pereza misma posee la capacidad de extenderse, de llenar, de hacer general una actitud. Pero no una concreta ante una circunstancia determinada, sino una general hacia muy diversas variables de lo que rechazamos. O sea: la pereza es una generalización.

De este modo, el spleen del que habló Baudelaire, el hastío, el aburrimiento, son horizontes habituales sobre los que a duras penas sobrevive el perezoso. Y así, puede convertirse en una actitud ante la vida. Incluso en una manera de ser. Podría ocurrir que alguien fuese, por encima de todo, perezoso. Se agarraría a otras cualidades para justificar el seguir teniendo ganas de vivir, pero en el fondo se encontraría cansado de poner empeño en cualquier circunstancia que no le resultase favorable o fácil en el momento. El perezoso está a punto de ser consumido por la fuerza del tiempo. Casi carece de toda esperanza, pues la fuerza de la costumbre es justamente su única fuerza y, dado que ésta está ausente en cualquiera de sus acciones, se deja llevar; ha entregado su vida al natural pasar de los acontecimientos.

El perezoso sabrá encontrar en sí mismo al héroe que siempre buscó con relativa facilidad. Bastará con que alguna vez haga algo que no le apetezca, con plena consciencia del extremo valor que necesita reunir para ello. Esa es quizá la única tabla de salvación a la que podría agarrarse para poder hacer algo nuevo. La razón por la que hemos de huir de la pereza es la conciencia de que la novedad debería ser más fuerte que el cansancio. Y entonces, ¿qué puede resultar nuevo para el perezoso? Únicamente aquello que venga de fuera, algo que él mismo no pueda darse: un beso, una sonrisa o un empujón; pero nunca una razón plausible.


sábado, 5 de diciembre de 2015

Me iré, con el tiempo (tengo para mí)

A vivir cerca de él,
a desafiar, con el ímpetu que me quede,
a soñar,
a partir, marcharé,
en fila de a dos,
sin un nombre,
me abriré paso
entre tú y yo,
ridículo y desnudo,
para investigar
qué hay en medio
de la sima de lo cercano,
entre el abismo que nos rescata
de estar tan sueltos,
tan solos,
tan inquietos e inmóviles,
tan sencillos...,
iré de frente, cansado
de mí.

Sin ver
que el tiempo es música
que le ponemos a la noche,
al amanecer alegre,
de ascensores y escalones,
subiendo rápido
para llegar
a nosotros mismos,
en cada instante irrepetible.
Me iré, con el tiempo,
a quererte, que es
una tarea pianística
e insondable,
como estar abierto
de par en par
a una sorpresa más,
a un último consuelo.

Yo soy así,
noctámbulo por azar
o por designio
tuyo,
soy como un arco tenso
relegado en sí, recto,
conmovedor, terco...,
un arco que reverenciar
al pasar,
un arco soy, abrupto,
una mentira no escondida,
un alfiler consciente
de su extrema y ridícula doblez,
enhiesto,
una piedra indestructible, serio,
el filo de un cuchillo
puesto de lado, imposible,
soy
el hazmereír de la hermosura,
la sonrisa flexiva,
reconcentrada, yuxtapuesta,
a la que más le valdría
no haber nacido
antes de ti.

Cada noche será entonces,
un amanecer;
quererte será una alegría
consentida, y verte
ser mientras muero
en brazos de una melancolía
inofensiva, será un precio
ridículo, apenas
la suave caricia
de un recuerdo
desmembrado, suelto,
arrugado por él,
-tiempo irrepetido-
músculo ardiente, inofensivo,
será no más
que lo que es,
misterio cumplido.

Moriré en ti
como muero,
en lo pequeño,
a la cotidiana luz
de la grandeza oscura,
de la fina, esbelta,
indescriptible y dura
mansión del escenario
diáfano del ser real,
prístino, desconocido, puro.
En la paz deseada moriré,
incontrovertible
mayúscula, suave,
frágil;

moriré
a la amable facilidad
de tenerte enfrente
como si el espejo de mi rostro amable
fuera simple,
tan condescendiente
como una explicación filosófica;

renaceré muerto,
cada día,
mientras contemplas
el falso techo
de mi desmesura,
de mi irremediable sed
de ti, de un beso estúpido,
indiferente, eterno.

Seré, ¿no es esto soñar?,
un altar lejano,
borroso, antiguo,
un verdadero sacrificio,
una belleza de esas
que dan al traste
con las explicaciones.

Despierta.

Moriré mientras me estoy yendo
y tú
te preguntarás por qué
la realidad no es el deseo.

Y yo no diré nada,
como de costumbre,
como cuando
te contemplo y figuro
que escucho lo que dices,
y estoy
escuchando el verbo silente
de mi sorda muerte,
de ese escándalo tuyo
que conduce
-sin riesgo ya-
a la definitiva clarificación
de un terco porvenir que,
tengo para mí,
no tiene futuro.
Amor mío: yo solo te quiero.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Algo más extra-ordinario

¿Es permisible una entrada en un blog, camino del 2016, sin un vídeo o, cuando menos, una foto?

Ahí va una, que poco tiene que ver con lo que quiero decir, pero que sin duda justifica que soy un hijo de mi tiempo y que conozco la actualidad del día a día.
(Me gusta mucho el juego de ángulos y de luces de este distribuidor de un salón).

¿Hay algo más extra-ordinario que el tiempo? Es decir, ¿podemos pensar en algo -no tanto una cosa como una realidad- que se salga más de lo habitual que el tiempo mismo? Kant tal vez estaría de acuerdo conmigo cuando señalo al tiempo como una condición que hace posible que exista lo ordinario y que, a su vez, no puede ser algo ordinario. La temporalidad tiene, por tanto, que estar fuera de ello, ser extra-ordinaria. Pues bien, sólo concibo una realidad más alejada de lo habitual que el tiempo: la eternidad. Imaginemos un concurso de televisión de temática metafísica: "Para pasar a la siguiente fase, cite una realidad más extraordinaria que el tiempo. Tiempo". El concursante, desconcertado, dudaría por un momento... "Eternidad".

No es que la eternidad esté fuera del tiempo, sino que, al hilo de lo que traigo entre manos, se encuentra -si es el caso- al margen de lo habitual. O, por ser más preciso, más arriba de lo habitual. Lo ordinario, lo acostumbrado, aparece ante nosotros, pero también entre nosotros, es algo así como un apacible estar en lo ya conocido. Sin lo habitual nuestra vida sería una constante sorpresa, un modo inhumano de existir, por mucho espíritu juvenil que riegue nuestras venas.

Pero la cuestión en disputa no es lo acostumbrado, sino el tiempo, esto es, lo eterno. Hay un deslizamiento tan poco delicado como intencionado, una forma bárbara de decir antes de lo preciso lo que merecería ser anunciado después: el tiempo y la eternidad tienen en común que ambos son extraordinarios. Únicamente a través de un discurso metafísico puede explicarse que hablamos de algo tan abstracto que, quien intente entenderlo utilizando la imaginación, hará saltar en pedazos la banca, o lo que es lo mismo, la racionalidad. De eso se trata, intuyo. Para entender, al margen de lo que experimentamos, se precisa de la abstracción, esa manera en la que nos encontramos con la suma, la resta, la multiplicación o la división, como algo consabido que descubríamos; con el significado de "ayer" y de "mañana", sin que jamás recordásemos, imaginásemos ni, por supuesto, experimentásemos, ninguna percepción que nos moviera a situar en su justo medio cualquiera de esas intuiciones.

En efecto, intuimos el ayer y el mañana después de haber experimentado y proyectado; es decir, comprendemos el significado de las palabras "ayer" y "mañana", una vez que hemos abstraído, pensado -y no sólo experimentado-, el paso del tiempo. Es decir, el tiempo no puede, de suyo, en su pasar, permitirnos experimentar su continua discontinuidad. Cuando un niño -pongamos que a los cuatro años- es capaz (¡milagro brutal!) de comprender que lo que recuerda puede usarlo para el futuro como algo que le sirve para gestionar su presente, en él ya se ha producido una maravillosa y deslumbrante desproporción; una capacidad de llevar a cabo analogías, imposibles de comprender desde la llana perspectiva del aprendizaje a partir de lo experimentado.

El niño piensa, abstrae, se adueña de lo que no está, ni siente, ni percibe. El tiempo es un misterio que nos pasa desapercibido y al que nos habituamos, estrechándolo en una serie (de experiencias, recuerdos, imágenes, qué sé yo). Pero no lo vivimos, no lo sentimos, no lo experimentamos o percibimos como tal, sino que lo ponemos, como Kant pensaba. Y esa forma de poner el tiempo en la experiencia, no tiene por qué ser previa, anterior a la experiencia, sino sencillamente humana (¿qué quería decir Kant con "anterior o previa a la intuición"? -el tiempo no puede ser anterior-).

Conclusión: Se agranda el misterio del tiempo. El tiempo se sitúa en el mismo nivel de la eternidad, desde el punto de vista de que es una realidad que no cabe entender con el mero sentido común, si se entiende por sentido común lo que un animal podría ejercitar para conocer a través de los sentidos. La propia imaginación y el recuerdo implican temporalidad. No se puede imaginar ni recordar con el sólo experimentar. Lo que veo no puede relacionarse con lo que vi sin que intuya el tiempo o en el tiempo o a través de él. Pero sólo se pone de manifiesto que hay abstracción de lo intuido si el tiempo puede gestionarse al margen de lo que aporta lo sentido o percibido. Dicho de otro modo, si existe la convicción o la esperanza de que hay un mañana que puede repetir o variara el ayer, ello no proviene de lo que vivo como presente, sino de aquello que moldeo, estructuro o gestiono como pasado y como futuro. Eso que los animales jamás han hecho y eso que los humanos, unos con más y otros con menos dificultad, hacemos alrededor de, a partir de los cuatro años.

Ya seguiremos.





viernes, 6 de noviembre de 2015

Algo extraordinario

Parece una broma: el tiempo es algo extra-ordinario.

Os hablaré del tiempo. Intentaré demostrar la siguiente premisa: el tiempo no existe como el espacio.

Había una vez, de un tiempo a esta parte, tiempo atrás, a la hora en que menos lo esperas, tiempo al tiempo; echar de menos.

Se trata de una manera, algo abrupta, eso sí, de llamar al encendido del interruptor poético que llevamos con nosotros, cada vez que nos empeñamos, costumbre u obligación, en volver a leer la frase anterior de nuevo; porque no la hemos entendido del todo bien, porque nos hemos despistado en el corto -cortísimo- trayecto que va de la primera a la última palabra, porque fijándonos en una palabra hemos aterrizado en algún sobrevenido recuerdo, porque... Hay o no hay interruptor poético. Tenerlo o no depende, creo, de un buen número de factores que me costaría mucho describir. Para la vida de muchas personas, considero que es importante tenerlo. Intentemos encenderlo.

Si se ha encendido habremos leído de nuevo, por ejemplo, "de un tiempo a esta parte". El tiempo no tiene trozos ni, por tanto, es imaginable en términos de partes. El tiempo no es material. Es decir, no es lo que hay. El tiempo es lo que pasa.

"Esto es lo que hay, amigo", me dice con gesto distante, en un abismo de miradas acostumbradas y sonrisa impostada, quien, definitivamente, no me quiere ayudar. En este contexto fácilmente representable hay una clamorosa falta de precisión, pues eso no es lo que hay, sino lo que pasa. Pero "esto es lo que pasa" suele utilizarse como el enunciado de una frase que anuncia una consecuencia, habitualmente desastrosa: "Esto es lo que pasa cuando uno piensa que todo va bien y no piensa en las consecuencias", por ejemplo. Pues bien, en esa frase, es más preciso comprender que eso no es lo que pasa, sino que eso es lo que hay. Deberíamos decir: "Esto es lo que hay, si piensas que todo va bien y no calculas las consecuencias, te encuentras con sorpresas" (por ejemplo). "Lo que hay" es lo que ya ha sido que, de algún modo incierto, permanece. Lo hay porque está. Pero no pasa. Si pasase ya no lo habría y, por tanto, no sería relevante. Y entonces no podría ser invocado para tomar una lección a partir de ello.

Perdóneme quien no haya encendido el interruptor: quiero decir con la mayor precisión posible, como sabe de sobra quien lo tiene prendido -qué maravilloso equívoco latinoamericano el de "prender" en el sentido de encender y de fijar-, que el tiempo pasa y el espacio está, o lo hay; pero que el tiempo no lo hay -aunque el espacio podríamos decir que pasa. Dejemos a un lado el hecho, cierto o no, de que el espacio pueda o no pasar-. El espacio está para poder ser ocupado en un mientras tanto.

(Si leer lo dicho hasta aquí resulta ser un castigo inesperado, perdóneme el lector. Si espera la conclusión, también, aunque la hay. Si tiene un interés infundado pero cierto, espere al siguiente párrafo en el que esta entrada finaliza).

Premisa fundamental para poder seguir hablando del tiempo: no hay tiempo, sino que el tiempo es aquello que, sin estar, pasa. O sea, sin permanecer, comparece y desaparece. El modo de presentarse del tiempo es la manera en que desaparece. ¿Hay algo más radicalmente real y paradójico? Y si todo lo que percibimos y vivimos fuese temporal, ¿habría escapatoria posible a la paradoja en que consistiría la realidad? Si el tiempo -como muchos e importantes han dicho- fuese lo más real y, atendiendo a mi argumento, fuese paradójico de suyo, entonces lo más real sería paradójico. De ser así, y creo que lo es, la realidad, en la medida en que está, es una paradoja toda ella, puesto que pasa.

Mi conclusión: si entiendo adecuadamente qué es una paradoja, entonces el tiempo remite necesariamente al pensamiento. Puesto que éste es el escenario en el que la temporalidad resulta paradójica, por real. Cuando no pienso el tiempo éste comparece permaneciendo (lo hay o está). Pero cuando lo pienso se fuga de entre mis manos, como el agua del río de Heráclito.

viernes, 14 de octubre de 2011

Lo público y lo privado I

La cuestión es intentar deshacer algunos enredos no sé si lingüísticos o paraligüísticos (en los tiempos que corren empiezo a pensar que existen lenguajes más allá de lo comprensible que se aceptan como significativos).

Sin fotos: quien desempeña un cargo público ejerce una labor privada. Cualquier empleado público, incluido un servidor, sirve a su trabajo en primera instancia y, a las instituciones públicas, sólo de manera derivada. No hablo ya de un empleado de Hacienda o de un profesor de instituto, sino de un secretario de estado o un ministro. Un ministro trabaja de ministro y eso es lo que le hace ser ministro y no al contrario (no sucede así, por ejemplo, en el caso del voluntariado o de los misioneros). Que nadie piense que la función pública es una función desinteresada o no-privada. Para no confundir, "público" no significa "al servicio de los demás", sino "retribuido por una institución no privada". Sólo eso.

Quien trabaja en el ámbito privado obviamente desempeña una "función" pública, en la medida en que contribuye al desarrollo del conjunto de los ciudadanos -sin detalles-. En ciertos sectores sindicales se ha vendido que los recortes en educación pública de la Comunidad de Madrid -que se cifran en 80 millones- han ido a parar a la educación privada, por aquello de que los padres que llevan a sus hijos a colegios sin subvención alguna se desgravan 900 euros en la declaración de renta. Si acabásemos con la enseñanza privada (con y contra la que no tengo nada personal) miles de puestos de trabajo se quebrarían. Los padres que llevan a sus hijos a colegios privados pagan impuestos para sostener la educación pública (con y a favor de la cual tengo mucho personal), además de mantener esos puestos de trabajo, que contribuyen, entre otras cosas, a mantener miles de empleos.

La defensa de "lo público" se vende como una forma de solidaridad con los más desfavorecidos, pero no hay ni una sola razón que lleve a pensar que esa es exactamente la razón que motiva la huelga en la educación pública madrileña. Ni una sola.

Con independencia de que la medida del gobierno de Esperanza Aguirre es de todo punto inoportuna, ineficaz e inadmisible desde el punto de vista de un profesor, políticamente es impecable, si con "político" entendemos "socialmente aceptable" (algo que los profesores de la pública, mis compañeros, no terminan de ver).

La política influye hasta tal punto en la vida social, que los miembros de la sociedad sólo se sienten políticamente legitimados si no se meten en política o protestan contra ella, en vez de hacer verdadera política -gestión de lo social al nivel que sea- (contradicción hecha realidad con el movimiento 15-M que no llegaré a entender jamás).

La sociedad no necesita de la política entendida como lo "socialmente aceptable", sino que camina a su ritmo o protesta contra ella, con lo que lo social queda subsumido en lo político y el individuo en la maniobra de lo "políticamente correcto" o "aquello de lo que se habla", o "estar informado", o "vivir al día", pero no en el protagonismo de su vida propia en sociedad.

Conclusión después de tanto análisis más o menos críptico: menos fotos, menos ideología, más realidad, más protagonismo en la propia vida, menos demagogia, menos actualidad política, más compromiso político, menos etiquetas, más reflexión, más serenidad, menos dedos rápidos al apoyar iniciativas o noticias, menos facebook y más blogs, cafés, conversaciones de mus, preocupación por los que no están en mi mundo y afán por entender todo esto. Con esta receta yo puedo empezar a discutir sobre qué diantres es lo público y lo privado. De otro modo sólo soy ultraconservador o rojo, y no un ser pensante. Algo a lo que no aspiro, sino que doy por hecho, aunque, no sólo los políticos no suponen, sino tampoco la mayoría de los internautas que se apuntan a una noticia como si les fuera la vida y dicen "me gusta" cuando no saben si es lo mismo "me resulta simpático" que "es el amor de mi vida". Facebook no es sólo frívolo y maravilloso, es insustancial, posmoderno e infiel a sí mismo. La receta mágica para no pararse a pensar. Una foto no es más que una foto. Una noticia no pasa la barrera del tiempo que dura. La reflexión y el diálogo acerca de todo esto puede llevarnos a aclararnos con nosotros mismos, que es lo primero que necesitamos.

viernes, 10 de junio de 2011

Papá, ¿por qué existen las moscas?


He dedicado demasiado tiempo a escribir en papel y ello ha provocado que este blog se resienta, un año más. Si, como resultado de ello ha podido ver la luz este libro, a su manera, de filosofía, pues la apuesta ha valido la pena. Espero (que suele se diferente de "me comprometo a") que pueda ir comentando las jugadas más interesantes de lo que acontece en torno a las moscas.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Sexo

Bajo mi punto de vista no se habla lo suficiente de sexualidad y se habla demasiado de sexo. Me parece que, en los usos lingüísticos de la coloquialidad en castellano es diferente hablar de sexo que hablar de sexualidad. Desde luego son dos sustantivos. Pero parece que "sexualidad" ofrece más garantías, es como más teórico. Mientras que "sexo" parece sinónimo de obsceno.

Si alguna vez hablar de sexo fue tabú, hoy lo es decir que hablar de sexo es diferente de hablar de sexualidad. Quizá esa sea una de las razones por las cuales he decidido tirar por ahí hoy. Creo que es tabú porque exige pensar y esta actividad, sin duda, no está bien vista ni, sobre todo, bien llevada. No exijo que se piense mucho, sólo que se intente hacer bien.

Si un blog sirve para opinar, aprovecharé este que gestiono para ofrecer mi punto de vista acerca de lo que considero un problema de alcance y que tiene sobre sí un recorrido realmente extenso. Dice Foucault que la sexualidad -debería decir el sexo- es un invento del siglo XIX. Y uno echa un vistazo a Freud y a su época y a nuestra época y otra vez a Freud y piensa que Foucault seguramente tenía razón. Sin embargo, a diferencia de la televisión, los videojuegos o internet, creo que el sexo no dejará de interesarnos nunca. ¿Cuál es la razón?

Pienso que en la sexualidad no sólo está en juego el encuentro de dos seres sexuados, sino el encuentro de dos seres sexuales. Claro que este tipo de encuentros es anterior al XIX; lo que no lo es, es la tematización de lo que hoy se denomina "vida sexual", como una parcela que forma parte, pero sólo parte y no todo, de la vida de una persona. Así, tengo vida familiar, profesional, individual, social y sexual. Por ejemplo. Eso es lo que se ha inventado en el XIX, tener vida sexual. Y este descubrimiento podría suponer, a menos que lo remediemos, el fin de la sexualidad. El sexo se opone a la sexualidad. A ver si consigo explicarme brevemente.

Profesionalmente puedo ser una ruina como profesor, pero eso no implica que sea una ruina como padre o como marido. Puedo ser tímido en mis relaciones sociales pero divertido en las familiares; extraordinario en mi vida sexual pero ruinoso en mi vida familiar. El etcétera de los ejemplos es largo, pero este último ofrece tesoros que merecen mi atención.

Considero que es un problema considerar la sexualidad como una parcela, porque provoca que pierda la naturalidad de las relaciones personales de pareja. La sexualidad es constitutiva de la vida en familia entre un hombre y una mujer, el sexo no. Entiendo que la sexualidad es una forma de relación que puede reunir en sí la intimidad toda de los cónyuges. Sin embargo, el sexo puede separarles, incluso en la unión, o separarles literalmente. Este es el invento del XIX. La sexualidad entendida como la forma de relación entre los esposos, que son de distinto sexo, se inventa con los sexos, no con Freud ni con las represiones.

Lo que propongo es que la relación toda de la pareja, hombre y mujer, se entienda en clave sexual, esto es, en clave de amor conyugal; de manera que ninguna de las facetas de la vida en común esté al margen. De ese modo, la unión de dos cuerpos ha de entenderse más allá de la unión conyugal propiamente dicha o del, digamos, "encuentro genital". Toda la relación personal es sexual porque es sexuada, es amorosa y es corpórea.

Si he conseguido decir lo que quería, se entenderá por qué digo que se habla demasiado poco de sexualidad. No sé si la causa de ello es que se habla demasiado de sexo, pero, desde luego, esto último no ayuda.

En todo caso he intentado hablar desde la experiencia y desde la teoría, inseparables aunque no siempre fáciles de conciliar, bajo mi punto de vista.

P.D. vuelta a las andadas pero con estrategia distinta: mientras he escrito esta entrada me he fumado medio pitillo y lo correspondiente a dos pitillos virtuales con un cigarrillo electrónico. Nueva prueba.

lunes, 24 de enero de 2011

Una cosa es

Sí, como alguien ha recordado, tenía un propósito, pero ha habido cortinas de humo empañando la visibilidad y, acaso también la visión.

Una cosa es que yo tenga una expectativa de éxito y otra que, en efecto, consiga triunfar. A veces se nace ya exitoso; el otro día conocí a una persona llamada María del Ser. Jo, qué envidia.

Tengo la firme impresión de que el próximo sábado 29 el café filosófico que disfrutaremos en casa será un éxito. Se trata de una actividad a la que llevo dándole vueltas desde el verano y que no he podido desarrollar hasta ahora. "Desarrollar" significa aquí encontrar el momento. La respuesta ha sido tan apabullante que, con toda sinceridad, estoy contando sillas de la casa y tazas de los armarios para poder dar cabida a tanta gente estupenda.

Parece que en torno a quince filósofos de muy distinto pelaje, se reunirán un sábado de enero en mi casa, sin subvenciones, sin agenda prevista (hablaremos del concepto de experiencia, si se puede), sin formar parte de ningún comité y sin el proyecto de sacar conclusiones; muchos hemos querido reunirnos para hablar entre amigos. Creo que es un éxito arrollador. De las personas que han confirmado, tres no han estudiado la carrera de filosofía, pero les gusta el tema, o la filosofía, o charlar entre amigos, o el patxarán.

Una cosa es pararse a pensar, en medio de un trancazo fenomenal que me impide pensar y sonreír, que cosas tan grandes son muy difíciles de conseguir y lo hemos conseguido, y otra cosa es que los asistentes tengan algo que decir sobre el concepto de experiencia. Por si acaso, me quedo ya con el consuelo de poder saborear la expresión que da título a esta entrada. Hasta una cosa es.

Por experiencia entiendo lo que da la razón a empiristas, subjetivistas, ancianos, aristotélicos, psicologistas, estetas, místicos, curiosos e incluso a mí. ¿Quién ejercerá el papel de enemigo?

P.D. Repaso la lista de asistentes a la cumbre del sábado y creo que sólo fumamos un tal Fernando (grande, pausado, español y cervantino) y yo. ¿O no fumabas, Fernando?

miércoles, 12 de enero de 2011

Cortinas de humo

Gracias, Anónimo, por sus amables comentarios. Gracias por la sugerencia acerca del tamaño de la letra de la anterior entrada. Tengo el honor de dedicar una segunda entrada para seguir, plácidamente, discutiendo sobre el asunto.

Usted comienza diciendo: "intentaré hacerme a la brevedad", pero no se hace. Deja caer varias cortinas de humo que no acaban, para mi gusto, de enfrentar el problema. Queda claro, eso sí, que a usted le molesta el humo. Eso no está mal. A mí me gusta el humo, eso no está mal. Usted no tiene por qué tragarse mi humo y yo he de cuidar porque así sea. De acuerdo. Yo no tengo por qué estar privado de fumar en todos los lugares públicos. La calle es un lugar público. En cambio el bar, que es un lugar público, es de titularidad privada, de ahí que exista, por ejemplo, la posibilidad de reservarse el derecho de admisión. Los propietarios de los bares han sido profundamente recortados en sus derechos, eso es lo que me parece que usted no acaba de ver.

Si yo, propietario de una discoteca, decido que en mi establecimiento el volumen es brutal, sin que ello atente a la salud auditiva de mis vecinos, nadie puede prohibírmelo. Si yo, propietario de un bar, decido que en mi establecimiento pueden consumirse sustancias no dañinas para la integridad personal como tabaco, debería poder decidir. Si el cliente posee la libertad de entrar en mi bar yo he de poseer la libertad de decidir si en él se fuma o no, dado que el tabaco no es una sustancia prohibida. Si no me gustan los "locales de ambiente" no acudo a ellos; si no me gusta el humo no acudo a los bares en los que está permitido fumar, pero no obligo a que, estructuralmente, se pida a la entrada de los establecimientos pruebas de que no se es homosexual, porque lo considero dañino para los homosexuales y para los no homosexuales que están alrededor.

Es decir: si el tabaco no es una sustancia prohibida, carece de sentido que impida su consumo en lugares públicos de libre acceso en los que el tabaco, dicho sea de paso, forma parte del ambiente mismo del lugar público en cuestión. Cualquier fumador sabe que la calle no es sitio para fumar. Cualquier fumador sabe que un bar en el que no se puede fumar no es un sitio para un fumador. Con la ley de 2006 la cadena de restauración más importante de España, Vips, decidió que en sus establecimientos no se fumaría. Pocos meses después invirtieron un millón y medio de euros en acondicionar zonas de fumadores. ¿Por qué?

No me diga que usted baja los pies a la tierra en vez de teorizar sobre abstractos cuando la nueva ley llevará a la ruina a decenas de miles de pequeños negocios familiares por una sinrazón. ¿Está usted en contra de que haya bares de fumadores o zonas de fumadores en bares y restaurantes que tengan el suficiente espacio para habilitarlas? Si la respuesta es sí es porque usted no tiene los pies en el suelo de los demás, es decir, no se hacer cargo de lo que significa perder, de entrada, más del 30% de los ingresos que, con el tiempo, se elevarán exponencialmente.

Mi enfado con la ley no proviene del hecho de que yo sea fumador, puesto que apenas si tengo tiempo de visitar bares. Sino que mi malestar viene dado por la imposición de una ley ciega que arrasa sin tener en cuenta nada, ni siquiera los ingresos del Estado en concepto de impuestos que gravan el tabaco. Ahora bien, mientras sea fumador, le aseguro que evitaré la ocasión de visitar bares y restaurantes. Claro que, quienes se ganan la vida tragajando detrás de una barra siempre pueden escribir en un blog y vivir, sin humos, de ello. Un verdadero placer. Lamento no estar siendo breve. Por último: "no podemos conducir por ti" no es una llamada a la responsabilidad, es el latido de un Estado sobreprotector, de sangre despótica, ilustrada, que, como toda forma de socialdemocracia o sucedáneo, cree saber qué es lo mejor para los demás sin contar con ellos. No es que no puedan conducir por mí, es que a nadie debería ocurrírsele que lo fueran a hacer mejor.

Disculpe que no comente el resto de respuestas, gracias por las aclaraciones que suponen algunas de ellas. Si tiene tiempo, le animo a que responda a la pregunta antes formulada: ¿Está usted en contra de que haya bares de fumadores o zonas de fumadores en bares y restaurantes que tengan el suficiente espacio para habilitarlas? Mis respetos.

domingo, 9 de enero de 2011

Respuesta al último comentario

Por responder a la última entrada, que agradezco enormemente, de Anónimo (y por ser mi respuesta demasiado larga para añadirla como comentario):


Dixit:

1. "Lo del Tribunal Constitucional no entiendo qué puede aclarar aquí (porque además, en el mejor de los casos, no deja de ser una argumentación a medias".

En efecto, es un argumento sacado de contexto, sin intención perversa -espero poder explicarme en una reflexión posterior-. Intento hacer alusión al hecho de que el Estado es el que parece tener que mirar por la salud de los niños, como de su educación ideológica, dado que los padres no tienen potestad -o capacidad- para ello. De ahí la alusión a la cervecería del potito. A pesar de que la argumentación, como dice usted, pueda estar a medias, el significado de lo que se dice se sostiene por sí mismo. Pido disculpas por no haber explicado a qué me refería.

2. "Respecto a libertad contra salud, es más complicado, porque así está planteado de un modo absolutamente abstracto".

No sé qué significa "absolutamente abstracto", al menos como diferente de "abstracto" o "relativamente abstracto". Una discusión acerca de ello sería pertinente, eficaz y apasionante, a mi juicio. ¿La empezamos?

Pero: Que una diatriba se sitúe en el terreno de la abstracción es lo mínimo que se le puede pedir a una diatriba. Sí, creo que el problema es ese y es un síntoma de que en España, año 2011, la libertad no es un valor y la salud sí. Esto es abstracto, absolutamente abstracto, pero quizá no haga falta explicar qué significa.

3."Dejando a un lado los niños, la cuestión es la salud y la libertad de quienes no quieren fumar respecto a la libertad de quienes quieren fumar (porque su salud está después que su libertad, por su propia decisión)".

No entiendo el paréntesis, pero no importa de cara a lo que querría responder. La libertad de los que no quieren fumar no se ve coartada porque se permita fumar en un determinado establecimiento -bar o restaurante-; con no ir a ese e ir a otro o a otra zona, no hay conflicto. Se PUEDE ir a un bar o a una zona de un bar donde no hay humo. Ahora bien, la libertad del fumador sí se ve, no coartada, sino anulada, si se prohíbe la existencia de establecimientos en los que se PUEDE fumar.

No es, mi querido amigo, por ejemplo, su libertad frente a la mía, sino su imposición frente a mi libertad (al menos, si tenemos en cuenta la nueva ley y la de 2006).

No obstante, la libertad de acción se ve mucho más restringida si hablamos de profesionales de la hostelería, de su trabajo, de su forma de vida y de su modo de organizar su establecimiento (no haría falta mencionar, por ejemplo, que se les OBLIGA a ser vigilantes de su establecimiento por si se hace algo que contraviene, no lo que el propietario desea, sino lo que una ley unilateral e insolidaria impone). Véase la insumisión general de los hosteleros griegos que echó para atrás una ley parecida a esta.

Por tanto: la cuestión SÍ es libertad vs. salud, puesto que lo que se invoca, ante todo, con la nueva ley, es el derecho de los empleados -camareros- a no respirar humo, por mor de las estadísticas referentes a fumadores pasivos. Éstas no pueden justificar en ningún caso la libertad de decisión de: restauradores, empleados, clientes fumadores y clientes no fumadores.

De ahí que, reafirme: quienes conscientemente están a favor de esta ley son antisocietarios, están en contra de los vínculos sociales en virtud de un desmesurado afán individualista (egoísta) que deja, como Rousseau, el poder de decisión acerca de lo mejor, lejos de la mano del individuo; puesto que el Estado, se piensa, ya sabe hacer por nosotros lo que es mejor para nosotros. Me viene a la cabeza una palabra muy exacta para describir este modo de pensar (y que se traslucía en el radicalultraizquierdista eslogan "no podemos conducir por ti": Dogmatismo. Un placer.

miércoles, 5 de enero de 2011

La vida es nueva


Propósito para el 2011: mantener vivo este blog (resulta curioso que "bitácora" suene hortera, al menos a mí me lo parece -ambas cosas, que resulte curioso y que suene hortera-).

En este año y medio de silencio se han sucedido un buen número de noticias magníficas en la vida de los españoles, empezando por la consecución del campeonato del mundo de fútbol. Aquello, que no olvidaremos en mucho tiempo, supuso una cumbre para nuestra "conciencia de clase" que, frente a lo supuesto por Marx, tiene otra lectura, a saber: ser conscientes de que tenemos mucha categoría. Junto con ello, hemos sido testigos del definitivo derrocamiento del sistema financiero internacional, pero, siendo justos, hemos sido sobre todo víctimas del derrumbamiento de la clase política. Ahora sabemos que su conciencia de clase no coincide con nuestra conciencia de su clase.

Tengo la impresión de que hablar de política nunca fue un tema tabú en la España libre; hoy, desgraciadamente, es una cuestión que preferentemente hemos de evitar para no enfurecernos.

Uno de los acontecimientos que de modo más gráfico retrata la España del 2011 es la cervecería Santa Bárbara de Madrid, Goya esquina con Alcalá, vacía a las 13:00 horas del pasado 3 de enero, con una terraza repleta adornada con estufas en las que unos cuantos fumadores se toman una caña para congelar sus manos. Para romper con la tradición, Beatriz y yo pasamos de largo. La nueva ley contra el tabaco es el reflejo de la nueva España, muerta merced a sus leyes, viva, sin embargo, gracias a sus gentes; muchas de ellas en paro. El pesimismo que se respiraba el 31 de diciembre pasado por la mañana, en los bares, contrastaba con la imagen que todos conservamos de la misma situación en finales de años anteriores. No sé cuál será la fotografía el 31 de diciembre próximo, pero intuyo que, por civilizados, consentiremos en la opresión de la ley. Lo que veremos, previsiblemente, es un montón de bares cerrados.

"Lo mejor es dejar de fumar". Del "no podemos conducir por ti" al "queremos que no fumes por ti". La lista de ambiciosos proyectos para que el Estado sustituya el papel de los padres y las madres contrasta con la nueva manera de entender el concepto de familia, compuesta ahora por individuos a los que unen ciertos lazos pero que son, primariamente, ciudadanos. Soy ciudadano antes que hijo y antes que padre, y antes que marido y antes que persona y sólo después de nacido, si así lo decide, ejerciendo su derecho, mi progenitora. Esta es la realidad. La vida es bella, buena y verdadera. Y por añadidura, siempre nueva.

Que no se pueda legislar sobre el grado de optimismo que una persona puede poseer es un alivio, incluso para aquellos que no comprenden que la realidad llama SIEMPRE al optimismo. Me parece que la crisis económica es mucho menos acusada de lo que lo es la crisis mental. El problema añadido podría ser que la primera ahondase en la segunda. Más bien, sin embargo, todo parece indicar que será más bien al contrario y que la crisis del bolsillo nos despertará del letargo intelectual. Como dicen los chateantes de Marca, "si no, al tiempo", que podría traducirse como "si crees que no tengo razón sólo tienes que esperar; para cuando podamos comprobar si estaba en lo cierto, ya te habrás cansado de la espera" Pues eso. Una alegría.