sábado, 5 de diciembre de 2015

Me iré, con el tiempo (tengo para mí)

A vivir cerca de él,
a desafiar, con el ímpetu que me quede,
a soñar,
a partir, marcharé,
en fila de a dos,
sin un nombre,
me abriré paso
entre tú y yo,
ridículo y desnudo,
para investigar
qué hay en medio
de la sima de lo cercano,
entre el abismo que nos rescata
de estar tan sueltos,
tan solos,
tan inquietos e inmóviles,
tan sencillos...,
iré de frente, cansado
de mí.

Sin ver
que el tiempo es música
que le ponemos a la noche,
al amanecer alegre,
de ascensores y escalones,
subiendo rápido
para llegar
a nosotros mismos,
en cada instante irrepetible.
Me iré, con el tiempo,
a quererte, que es
una tarea pianística
e insondable,
como estar abierto
de par en par
a una sorpresa más,
a un último consuelo.

Yo soy así,
noctámbulo por azar
o por designio
tuyo,
soy como un arco tenso
relegado en sí, recto,
conmovedor, terco...,
un arco que reverenciar
al pasar,
un arco soy, abrupto,
una mentira no escondida,
un alfiler consciente
de su extrema y ridícula doblez,
enhiesto,
una piedra indestructible, serio,
el filo de un cuchillo
puesto de lado, imposible,
soy
el hazmereír de la hermosura,
la sonrisa flexiva,
reconcentrada, yuxtapuesta,
a la que más le valdría
no haber nacido
antes de ti.

Cada noche será entonces,
un amanecer;
quererte será una alegría
consentida, y verte
ser mientras muero
en brazos de una melancolía
inofensiva, será un precio
ridículo, apenas
la suave caricia
de un recuerdo
desmembrado, suelto,
arrugado por él,
-tiempo irrepetido-
músculo ardiente, inofensivo,
será no más
que lo que es,
misterio cumplido.

Moriré en ti
como muero,
en lo pequeño,
a la cotidiana luz
de la grandeza oscura,
de la fina, esbelta,
indescriptible y dura
mansión del escenario
diáfano del ser real,
prístino, desconocido, puro.
En la paz deseada moriré,
incontrovertible
mayúscula, suave,
frágil;

moriré
a la amable facilidad
de tenerte enfrente
como si el espejo de mi rostro amable
fuera simple,
tan condescendiente
como una explicación filosófica;

renaceré muerto,
cada día,
mientras contemplas
el falso techo
de mi desmesura,
de mi irremediable sed
de ti, de un beso estúpido,
indiferente, eterno.

Seré, ¿no es esto soñar?,
un altar lejano,
borroso, antiguo,
un verdadero sacrificio,
una belleza de esas
que dan al traste
con las explicaciones.

Despierta.

Moriré mientras me estoy yendo
y tú
te preguntarás por qué
la realidad no es el deseo.

Y yo no diré nada,
como de costumbre,
como cuando
te contemplo y figuro
que escucho lo que dices,
y estoy
escuchando el verbo silente
de mi sorda muerte,
de ese escándalo tuyo
que conduce
-sin riesgo ya-
a la definitiva clarificación
de un terco porvenir que,
tengo para mí,
no tiene futuro.
Amor mío: yo solo te quiero.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Algo más extra-ordinario

¿Es permisible una entrada en un blog, camino del 2016, sin un vídeo o, cuando menos, una foto?

Ahí va una, que poco tiene que ver con lo que quiero decir, pero que sin duda justifica que soy un hijo de mi tiempo y que conozco la actualidad del día a día.
(Me gusta mucho el juego de ángulos y de luces de este distribuidor de un salón).

¿Hay algo más extra-ordinario que el tiempo? Es decir, ¿podemos pensar en algo -no tanto una cosa como una realidad- que se salga más de lo habitual que el tiempo mismo? Kant tal vez estaría de acuerdo conmigo cuando señalo al tiempo como una condición que hace posible que exista lo ordinario y que, a su vez, no puede ser algo ordinario. La temporalidad tiene, por tanto, que estar fuera de ello, ser extra-ordinaria. Pues bien, sólo concibo una realidad más alejada de lo habitual que el tiempo: la eternidad. Imaginemos un concurso de televisión de temática metafísica: "Para pasar a la siguiente fase, cite una realidad más extraordinaria que el tiempo. Tiempo". El concursante, desconcertado, dudaría por un momento... "Eternidad".

No es que la eternidad esté fuera del tiempo, sino que, al hilo de lo que traigo entre manos, se encuentra -si es el caso- al margen de lo habitual. O, por ser más preciso, más arriba de lo habitual. Lo ordinario, lo acostumbrado, aparece ante nosotros, pero también entre nosotros, es algo así como un apacible estar en lo ya conocido. Sin lo habitual nuestra vida sería una constante sorpresa, un modo inhumano de existir, por mucho espíritu juvenil que riegue nuestras venas.

Pero la cuestión en disputa no es lo acostumbrado, sino el tiempo, esto es, lo eterno. Hay un deslizamiento tan poco delicado como intencionado, una forma bárbara de decir antes de lo preciso lo que merecería ser anunciado después: el tiempo y la eternidad tienen en común que ambos son extraordinarios. Únicamente a través de un discurso metafísico puede explicarse que hablamos de algo tan abstracto que, quien intente entenderlo utilizando la imaginación, hará saltar en pedazos la banca, o lo que es lo mismo, la racionalidad. De eso se trata, intuyo. Para entender, al margen de lo que experimentamos, se precisa de la abstracción, esa manera en la que nos encontramos con la suma, la resta, la multiplicación o la división, como algo consabido que descubríamos; con el significado de "ayer" y de "mañana", sin que jamás recordásemos, imaginásemos ni, por supuesto, experimentásemos, ninguna percepción que nos moviera a situar en su justo medio cualquiera de esas intuiciones.

En efecto, intuimos el ayer y el mañana después de haber experimentado y proyectado; es decir, comprendemos el significado de las palabras "ayer" y "mañana", una vez que hemos abstraído, pensado -y no sólo experimentado-, el paso del tiempo. Es decir, el tiempo no puede, de suyo, en su pasar, permitirnos experimentar su continua discontinuidad. Cuando un niño -pongamos que a los cuatro años- es capaz (¡milagro brutal!) de comprender que lo que recuerda puede usarlo para el futuro como algo que le sirve para gestionar su presente, en él ya se ha producido una maravillosa y deslumbrante desproporción; una capacidad de llevar a cabo analogías, imposibles de comprender desde la llana perspectiva del aprendizaje a partir de lo experimentado.

El niño piensa, abstrae, se adueña de lo que no está, ni siente, ni percibe. El tiempo es un misterio que nos pasa desapercibido y al que nos habituamos, estrechándolo en una serie (de experiencias, recuerdos, imágenes, qué sé yo). Pero no lo vivimos, no lo sentimos, no lo experimentamos o percibimos como tal, sino que lo ponemos, como Kant pensaba. Y esa forma de poner el tiempo en la experiencia, no tiene por qué ser previa, anterior a la experiencia, sino sencillamente humana (¿qué quería decir Kant con "anterior o previa a la intuición"? -el tiempo no puede ser anterior-).

Conclusión: Se agranda el misterio del tiempo. El tiempo se sitúa en el mismo nivel de la eternidad, desde el punto de vista de que es una realidad que no cabe entender con el mero sentido común, si se entiende por sentido común lo que un animal podría ejercitar para conocer a través de los sentidos. La propia imaginación y el recuerdo implican temporalidad. No se puede imaginar ni recordar con el sólo experimentar. Lo que veo no puede relacionarse con lo que vi sin que intuya el tiempo o en el tiempo o a través de él. Pero sólo se pone de manifiesto que hay abstracción de lo intuido si el tiempo puede gestionarse al margen de lo que aporta lo sentido o percibido. Dicho de otro modo, si existe la convicción o la esperanza de que hay un mañana que puede repetir o variara el ayer, ello no proviene de lo que vivo como presente, sino de aquello que moldeo, estructuro o gestiono como pasado y como futuro. Eso que los animales jamás han hecho y eso que los humanos, unos con más y otros con menos dificultad, hacemos alrededor de, a partir de los cuatro años.

Ya seguiremos.





viernes, 6 de noviembre de 2015

Algo extraordinario

Parece una broma: el tiempo es algo extra-ordinario.

Os hablaré del tiempo. Intentaré demostrar la siguiente premisa: el tiempo no existe como el espacio.

Había una vez, de un tiempo a esta parte, tiempo atrás, a la hora en que menos lo esperas, tiempo al tiempo; echar de menos.

Se trata de una manera, algo abrupta, eso sí, de llamar al encendido del interruptor poético que llevamos con nosotros, cada vez que nos empeñamos, costumbre u obligación, en volver a leer la frase anterior de nuevo; porque no la hemos entendido del todo bien, porque nos hemos despistado en el corto -cortísimo- trayecto que va de la primera a la última palabra, porque fijándonos en una palabra hemos aterrizado en algún sobrevenido recuerdo, porque... Hay o no hay interruptor poético. Tenerlo o no depende, creo, de un buen número de factores que me costaría mucho describir. Para la vida de muchas personas, considero que es importante tenerlo. Intentemos encenderlo.

Si se ha encendido habremos leído de nuevo, por ejemplo, "de un tiempo a esta parte". El tiempo no tiene trozos ni, por tanto, es imaginable en términos de partes. El tiempo no es material. Es decir, no es lo que hay. El tiempo es lo que pasa.

"Esto es lo que hay, amigo", me dice con gesto distante, en un abismo de miradas acostumbradas y sonrisa impostada, quien, definitivamente, no me quiere ayudar. En este contexto fácilmente representable hay una clamorosa falta de precisión, pues eso no es lo que hay, sino lo que pasa. Pero "esto es lo que pasa" suele utilizarse como el enunciado de una frase que anuncia una consecuencia, habitualmente desastrosa: "Esto es lo que pasa cuando uno piensa que todo va bien y no piensa en las consecuencias", por ejemplo. Pues bien, en esa frase, es más preciso comprender que eso no es lo que pasa, sino que eso es lo que hay. Deberíamos decir: "Esto es lo que hay, si piensas que todo va bien y no calculas las consecuencias, te encuentras con sorpresas" (por ejemplo). "Lo que hay" es lo que ya ha sido que, de algún modo incierto, permanece. Lo hay porque está. Pero no pasa. Si pasase ya no lo habría y, por tanto, no sería relevante. Y entonces no podría ser invocado para tomar una lección a partir de ello.

Perdóneme quien no haya encendido el interruptor: quiero decir con la mayor precisión posible, como sabe de sobra quien lo tiene prendido -qué maravilloso equívoco latinoamericano el de "prender" en el sentido de encender y de fijar-, que el tiempo pasa y el espacio está, o lo hay; pero que el tiempo no lo hay -aunque el espacio podríamos decir que pasa. Dejemos a un lado el hecho, cierto o no, de que el espacio pueda o no pasar-. El espacio está para poder ser ocupado en un mientras tanto.

(Si leer lo dicho hasta aquí resulta ser un castigo inesperado, perdóneme el lector. Si espera la conclusión, también, aunque la hay. Si tiene un interés infundado pero cierto, espere al siguiente párrafo en el que esta entrada finaliza).

Premisa fundamental para poder seguir hablando del tiempo: no hay tiempo, sino que el tiempo es aquello que, sin estar, pasa. O sea, sin permanecer, comparece y desaparece. El modo de presentarse del tiempo es la manera en que desaparece. ¿Hay algo más radicalmente real y paradójico? Y si todo lo que percibimos y vivimos fuese temporal, ¿habría escapatoria posible a la paradoja en que consistiría la realidad? Si el tiempo -como muchos e importantes han dicho- fuese lo más real y, atendiendo a mi argumento, fuese paradójico de suyo, entonces lo más real sería paradójico. De ser así, y creo que lo es, la realidad, en la medida en que está, es una paradoja toda ella, puesto que pasa.

Mi conclusión: si entiendo adecuadamente qué es una paradoja, entonces el tiempo remite necesariamente al pensamiento. Puesto que éste es el escenario en el que la temporalidad resulta paradójica, por real. Cuando no pienso el tiempo éste comparece permaneciendo (lo hay o está). Pero cuando lo pienso se fuga de entre mis manos, como el agua del río de Heráclito.

viernes, 14 de octubre de 2011

Lo público y lo privado I

La cuestión es intentar deshacer algunos enredos no sé si lingüísticos o paraligüísticos (en los tiempos que corren empiezo a pensar que existen lenguajes más allá de lo comprensible que se aceptan como significativos).

Sin fotos: quien desempeña un cargo público ejerce una labor privada. Cualquier empleado público, incluido un servidor, sirve a su trabajo en primera instancia y, a las instituciones públicas, sólo de manera derivada. No hablo ya de un empleado de Hacienda o de un profesor de instituto, sino de un secretario de estado o un ministro. Un ministro trabaja de ministro y eso es lo que le hace ser ministro y no al contrario (no sucede así, por ejemplo, en el caso del voluntariado o de los misioneros). Que nadie piense que la función pública es una función desinteresada o no-privada. Para no confundir, "público" no significa "al servicio de los demás", sino "retribuido por una institución no privada". Sólo eso.

Quien trabaja en el ámbito privado obviamente desempeña una "función" pública, en la medida en que contribuye al desarrollo del conjunto de los ciudadanos -sin detalles-. En ciertos sectores sindicales se ha vendido que los recortes en educación pública de la Comunidad de Madrid -que se cifran en 80 millones- han ido a parar a la educación privada, por aquello de que los padres que llevan a sus hijos a colegios sin subvención alguna se desgravan 900 euros en la declaración de renta. Si acabásemos con la enseñanza privada (con y contra la que no tengo nada personal) miles de puestos de trabajo se quebrarían. Los padres que llevan a sus hijos a colegios privados pagan impuestos para sostener la educación pública (con y a favor de la cual tengo mucho personal), además de mantener esos puestos de trabajo, que contribuyen, entre otras cosas, a mantener miles de empleos.

La defensa de "lo público" se vende como una forma de solidaridad con los más desfavorecidos, pero no hay ni una sola razón que lleve a pensar que esa es exactamente la razón que motiva la huelga en la educación pública madrileña. Ni una sola.

Con independencia de que la medida del gobierno de Esperanza Aguirre es de todo punto inoportuna, ineficaz e inadmisible desde el punto de vista de un profesor, políticamente es impecable, si con "político" entendemos "socialmente aceptable" (algo que los profesores de la pública, mis compañeros, no terminan de ver).

La política influye hasta tal punto en la vida social, que los miembros de la sociedad sólo se sienten políticamente legitimados si no se meten en política o protestan contra ella, en vez de hacer verdadera política -gestión de lo social al nivel que sea- (contradicción hecha realidad con el movimiento 15-M que no llegaré a entender jamás).

La sociedad no necesita de la política entendida como lo "socialmente aceptable", sino que camina a su ritmo o protesta contra ella, con lo que lo social queda subsumido en lo político y el individuo en la maniobra de lo "políticamente correcto" o "aquello de lo que se habla", o "estar informado", o "vivir al día", pero no en el protagonismo de su vida propia en sociedad.

Conclusión después de tanto análisis más o menos críptico: menos fotos, menos ideología, más realidad, más protagonismo en la propia vida, menos demagogia, menos actualidad política, más compromiso político, menos etiquetas, más reflexión, más serenidad, menos dedos rápidos al apoyar iniciativas o noticias, menos facebook y más blogs, cafés, conversaciones de mus, preocupación por los que no están en mi mundo y afán por entender todo esto. Con esta receta yo puedo empezar a discutir sobre qué diantres es lo público y lo privado. De otro modo sólo soy ultraconservador o rojo, y no un ser pensante. Algo a lo que no aspiro, sino que doy por hecho, aunque, no sólo los políticos no suponen, sino tampoco la mayoría de los internautas que se apuntan a una noticia como si les fuera la vida y dicen "me gusta" cuando no saben si es lo mismo "me resulta simpático" que "es el amor de mi vida". Facebook no es sólo frívolo y maravilloso, es insustancial, posmoderno e infiel a sí mismo. La receta mágica para no pararse a pensar. Una foto no es más que una foto. Una noticia no pasa la barrera del tiempo que dura. La reflexión y el diálogo acerca de todo esto puede llevarnos a aclararnos con nosotros mismos, que es lo primero que necesitamos.

viernes, 10 de junio de 2011

Papá, ¿por qué existen las moscas?


He dedicado demasiado tiempo a escribir en papel y ello ha provocado que este blog se resienta, un año más. Si, como resultado de ello ha podido ver la luz este libro, a su manera, de filosofía, pues la apuesta ha valido la pena. Espero (que suele se diferente de "me comprometo a") que pueda ir comentando las jugadas más interesantes de lo que acontece en torno a las moscas.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Sexo

Bajo mi punto de vista no se habla lo suficiente de sexualidad y se habla demasiado de sexo. Me parece que, en los usos lingüísticos de la coloquialidad en castellano es diferente hablar de sexo que hablar de sexualidad. Desde luego son dos sustantivos. Pero parece que "sexualidad" ofrece más garantías, es como más teórico. Mientras que "sexo" parece sinónimo de obsceno.

Si alguna vez hablar de sexo fue tabú, hoy lo es decir que hablar de sexo es diferente de hablar de sexualidad. Quizá esa sea una de las razones por las cuales he decidido tirar por ahí hoy. Creo que es tabú porque exige pensar y esta actividad, sin duda, no está bien vista ni, sobre todo, bien llevada. No exijo que se piense mucho, sólo que se intente hacer bien.

Si un blog sirve para opinar, aprovecharé este que gestiono para ofrecer mi punto de vista acerca de lo que considero un problema de alcance y que tiene sobre sí un recorrido realmente extenso. Dice Foucault que la sexualidad -debería decir el sexo- es un invento del siglo XIX. Y uno echa un vistazo a Freud y a su época y a nuestra época y otra vez a Freud y piensa que Foucault seguramente tenía razón. Sin embargo, a diferencia de la televisión, los videojuegos o internet, creo que el sexo no dejará de interesarnos nunca. ¿Cuál es la razón?

Pienso que en la sexualidad no sólo está en juego el encuentro de dos seres sexuados, sino el encuentro de dos seres sexuales. Claro que este tipo de encuentros es anterior al XIX; lo que no lo es, es la tematización de lo que hoy se denomina "vida sexual", como una parcela que forma parte, pero sólo parte y no todo, de la vida de una persona. Así, tengo vida familiar, profesional, individual, social y sexual. Por ejemplo. Eso es lo que se ha inventado en el XIX, tener vida sexual. Y este descubrimiento podría suponer, a menos que lo remediemos, el fin de la sexualidad. El sexo se opone a la sexualidad. A ver si consigo explicarme brevemente.

Profesionalmente puedo ser una ruina como profesor, pero eso no implica que sea una ruina como padre o como marido. Puedo ser tímido en mis relaciones sociales pero divertido en las familiares; extraordinario en mi vida sexual pero ruinoso en mi vida familiar. El etcétera de los ejemplos es largo, pero este último ofrece tesoros que merecen mi atención.

Considero que es un problema considerar la sexualidad como una parcela, porque provoca que pierda la naturalidad de las relaciones personales de pareja. La sexualidad es constitutiva de la vida en familia entre un hombre y una mujer, el sexo no. Entiendo que la sexualidad es una forma de relación que puede reunir en sí la intimidad toda de los cónyuges. Sin embargo, el sexo puede separarles, incluso en la unión, o separarles literalmente. Este es el invento del XIX. La sexualidad entendida como la forma de relación entre los esposos, que son de distinto sexo, se inventa con los sexos, no con Freud ni con las represiones.

Lo que propongo es que la relación toda de la pareja, hombre y mujer, se entienda en clave sexual, esto es, en clave de amor conyugal; de manera que ninguna de las facetas de la vida en común esté al margen. De ese modo, la unión de dos cuerpos ha de entenderse más allá de la unión conyugal propiamente dicha o del, digamos, "encuentro genital". Toda la relación personal es sexual porque es sexuada, es amorosa y es corpórea.

Si he conseguido decir lo que quería, se entenderá por qué digo que se habla demasiado poco de sexualidad. No sé si la causa de ello es que se habla demasiado de sexo, pero, desde luego, esto último no ayuda.

En todo caso he intentado hablar desde la experiencia y desde la teoría, inseparables aunque no siempre fáciles de conciliar, bajo mi punto de vista.

P.D. vuelta a las andadas pero con estrategia distinta: mientras he escrito esta entrada me he fumado medio pitillo y lo correspondiente a dos pitillos virtuales con un cigarrillo electrónico. Nueva prueba.

lunes, 24 de enero de 2011

Una cosa es

Sí, como alguien ha recordado, tenía un propósito, pero ha habido cortinas de humo empañando la visibilidad y, acaso también la visión.

Una cosa es que yo tenga una expectativa de éxito y otra que, en efecto, consiga triunfar. A veces se nace ya exitoso; el otro día conocí a una persona llamada María del Ser. Jo, qué envidia.

Tengo la firme impresión de que el próximo sábado 29 el café filosófico que disfrutaremos en casa será un éxito. Se trata de una actividad a la que llevo dándole vueltas desde el verano y que no he podido desarrollar hasta ahora. "Desarrollar" significa aquí encontrar el momento. La respuesta ha sido tan apabullante que, con toda sinceridad, estoy contando sillas de la casa y tazas de los armarios para poder dar cabida a tanta gente estupenda.

Parece que en torno a quince filósofos de muy distinto pelaje, se reunirán un sábado de enero en mi casa, sin subvenciones, sin agenda prevista (hablaremos del concepto de experiencia, si se puede), sin formar parte de ningún comité y sin el proyecto de sacar conclusiones; muchos hemos querido reunirnos para hablar entre amigos. Creo que es un éxito arrollador. De las personas que han confirmado, tres no han estudiado la carrera de filosofía, pero les gusta el tema, o la filosofía, o charlar entre amigos, o el patxarán.

Una cosa es pararse a pensar, en medio de un trancazo fenomenal que me impide pensar y sonreír, que cosas tan grandes son muy difíciles de conseguir y lo hemos conseguido, y otra cosa es que los asistentes tengan algo que decir sobre el concepto de experiencia. Por si acaso, me quedo ya con el consuelo de poder saborear la expresión que da título a esta entrada. Hasta una cosa es.

Por experiencia entiendo lo que da la razón a empiristas, subjetivistas, ancianos, aristotélicos, psicologistas, estetas, místicos, curiosos e incluso a mí. ¿Quién ejercerá el papel de enemigo?

P.D. Repaso la lista de asistentes a la cumbre del sábado y creo que sólo fumamos un tal Fernando (grande, pausado, español y cervantino) y yo. ¿O no fumabas, Fernando?

miércoles, 12 de enero de 2011

Cortinas de humo

Gracias, Anónimo, por sus amables comentarios. Gracias por la sugerencia acerca del tamaño de la letra de la anterior entrada. Tengo el honor de dedicar una segunda entrada para seguir, plácidamente, discutiendo sobre el asunto.

Usted comienza diciendo: "intentaré hacerme a la brevedad", pero no se hace. Deja caer varias cortinas de humo que no acaban, para mi gusto, de enfrentar el problema. Queda claro, eso sí, que a usted le molesta el humo. Eso no está mal. A mí me gusta el humo, eso no está mal. Usted no tiene por qué tragarse mi humo y yo he de cuidar porque así sea. De acuerdo. Yo no tengo por qué estar privado de fumar en todos los lugares públicos. La calle es un lugar público. En cambio el bar, que es un lugar público, es de titularidad privada, de ahí que exista, por ejemplo, la posibilidad de reservarse el derecho de admisión. Los propietarios de los bares han sido profundamente recortados en sus derechos, eso es lo que me parece que usted no acaba de ver.

Si yo, propietario de una discoteca, decido que en mi establecimiento el volumen es brutal, sin que ello atente a la salud auditiva de mis vecinos, nadie puede prohibírmelo. Si yo, propietario de un bar, decido que en mi establecimiento pueden consumirse sustancias no dañinas para la integridad personal como tabaco, debería poder decidir. Si el cliente posee la libertad de entrar en mi bar yo he de poseer la libertad de decidir si en él se fuma o no, dado que el tabaco no es una sustancia prohibida. Si no me gustan los "locales de ambiente" no acudo a ellos; si no me gusta el humo no acudo a los bares en los que está permitido fumar, pero no obligo a que, estructuralmente, se pida a la entrada de los establecimientos pruebas de que no se es homosexual, porque lo considero dañino para los homosexuales y para los no homosexuales que están alrededor.

Es decir: si el tabaco no es una sustancia prohibida, carece de sentido que impida su consumo en lugares públicos de libre acceso en los que el tabaco, dicho sea de paso, forma parte del ambiente mismo del lugar público en cuestión. Cualquier fumador sabe que la calle no es sitio para fumar. Cualquier fumador sabe que un bar en el que no se puede fumar no es un sitio para un fumador. Con la ley de 2006 la cadena de restauración más importante de España, Vips, decidió que en sus establecimientos no se fumaría. Pocos meses después invirtieron un millón y medio de euros en acondicionar zonas de fumadores. ¿Por qué?

No me diga que usted baja los pies a la tierra en vez de teorizar sobre abstractos cuando la nueva ley llevará a la ruina a decenas de miles de pequeños negocios familiares por una sinrazón. ¿Está usted en contra de que haya bares de fumadores o zonas de fumadores en bares y restaurantes que tengan el suficiente espacio para habilitarlas? Si la respuesta es sí es porque usted no tiene los pies en el suelo de los demás, es decir, no se hacer cargo de lo que significa perder, de entrada, más del 30% de los ingresos que, con el tiempo, se elevarán exponencialmente.

Mi enfado con la ley no proviene del hecho de que yo sea fumador, puesto que apenas si tengo tiempo de visitar bares. Sino que mi malestar viene dado por la imposición de una ley ciega que arrasa sin tener en cuenta nada, ni siquiera los ingresos del Estado en concepto de impuestos que gravan el tabaco. Ahora bien, mientras sea fumador, le aseguro que evitaré la ocasión de visitar bares y restaurantes. Claro que, quienes se ganan la vida tragajando detrás de una barra siempre pueden escribir en un blog y vivir, sin humos, de ello. Un verdadero placer. Lamento no estar siendo breve. Por último: "no podemos conducir por ti" no es una llamada a la responsabilidad, es el latido de un Estado sobreprotector, de sangre despótica, ilustrada, que, como toda forma de socialdemocracia o sucedáneo, cree saber qué es lo mejor para los demás sin contar con ellos. No es que no puedan conducir por mí, es que a nadie debería ocurrírsele que lo fueran a hacer mejor.

Disculpe que no comente el resto de respuestas, gracias por las aclaraciones que suponen algunas de ellas. Si tiene tiempo, le animo a que responda a la pregunta antes formulada: ¿Está usted en contra de que haya bares de fumadores o zonas de fumadores en bares y restaurantes que tengan el suficiente espacio para habilitarlas? Mis respetos.

domingo, 9 de enero de 2011

Respuesta al último comentario

Por responder a la última entrada, que agradezco enormemente, de Anónimo (y por ser mi respuesta demasiado larga para añadirla como comentario):


Dixit:

1. "Lo del Tribunal Constitucional no entiendo qué puede aclarar aquí (porque además, en el mejor de los casos, no deja de ser una argumentación a medias".

En efecto, es un argumento sacado de contexto, sin intención perversa -espero poder explicarme en una reflexión posterior-. Intento hacer alusión al hecho de que el Estado es el que parece tener que mirar por la salud de los niños, como de su educación ideológica, dado que los padres no tienen potestad -o capacidad- para ello. De ahí la alusión a la cervecería del potito. A pesar de que la argumentación, como dice usted, pueda estar a medias, el significado de lo que se dice se sostiene por sí mismo. Pido disculpas por no haber explicado a qué me refería.

2. "Respecto a libertad contra salud, es más complicado, porque así está planteado de un modo absolutamente abstracto".

No sé qué significa "absolutamente abstracto", al menos como diferente de "abstracto" o "relativamente abstracto". Una discusión acerca de ello sería pertinente, eficaz y apasionante, a mi juicio. ¿La empezamos?

Pero: Que una diatriba se sitúe en el terreno de la abstracción es lo mínimo que se le puede pedir a una diatriba. Sí, creo que el problema es ese y es un síntoma de que en España, año 2011, la libertad no es un valor y la salud sí. Esto es abstracto, absolutamente abstracto, pero quizá no haga falta explicar qué significa.

3."Dejando a un lado los niños, la cuestión es la salud y la libertad de quienes no quieren fumar respecto a la libertad de quienes quieren fumar (porque su salud está después que su libertad, por su propia decisión)".

No entiendo el paréntesis, pero no importa de cara a lo que querría responder. La libertad de los que no quieren fumar no se ve coartada porque se permita fumar en un determinado establecimiento -bar o restaurante-; con no ir a ese e ir a otro o a otra zona, no hay conflicto. Se PUEDE ir a un bar o a una zona de un bar donde no hay humo. Ahora bien, la libertad del fumador sí se ve, no coartada, sino anulada, si se prohíbe la existencia de establecimientos en los que se PUEDE fumar.

No es, mi querido amigo, por ejemplo, su libertad frente a la mía, sino su imposición frente a mi libertad (al menos, si tenemos en cuenta la nueva ley y la de 2006).

No obstante, la libertad de acción se ve mucho más restringida si hablamos de profesionales de la hostelería, de su trabajo, de su forma de vida y de su modo de organizar su establecimiento (no haría falta mencionar, por ejemplo, que se les OBLIGA a ser vigilantes de su establecimiento por si se hace algo que contraviene, no lo que el propietario desea, sino lo que una ley unilateral e insolidaria impone). Véase la insumisión general de los hosteleros griegos que echó para atrás una ley parecida a esta.

Por tanto: la cuestión SÍ es libertad vs. salud, puesto que lo que se invoca, ante todo, con la nueva ley, es el derecho de los empleados -camareros- a no respirar humo, por mor de las estadísticas referentes a fumadores pasivos. Éstas no pueden justificar en ningún caso la libertad de decisión de: restauradores, empleados, clientes fumadores y clientes no fumadores.

De ahí que, reafirme: quienes conscientemente están a favor de esta ley son antisocietarios, están en contra de los vínculos sociales en virtud de un desmesurado afán individualista (egoísta) que deja, como Rousseau, el poder de decisión acerca de lo mejor, lejos de la mano del individuo; puesto que el Estado, se piensa, ya sabe hacer por nosotros lo que es mejor para nosotros. Me viene a la cabeza una palabra muy exacta para describir este modo de pensar (y que se traslucía en el radicalultraizquierdista eslogan "no podemos conducir por ti": Dogmatismo. Un placer.

miércoles, 5 de enero de 2011

La vida es nueva


Propósito para el 2011: mantener vivo este blog (resulta curioso que "bitácora" suene hortera, al menos a mí me lo parece -ambas cosas, que resulte curioso y que suene hortera-).

En este año y medio de silencio se han sucedido un buen número de noticias magníficas en la vida de los españoles, empezando por la consecución del campeonato del mundo de fútbol. Aquello, que no olvidaremos en mucho tiempo, supuso una cumbre para nuestra "conciencia de clase" que, frente a lo supuesto por Marx, tiene otra lectura, a saber: ser conscientes de que tenemos mucha categoría. Junto con ello, hemos sido testigos del definitivo derrocamiento del sistema financiero internacional, pero, siendo justos, hemos sido sobre todo víctimas del derrumbamiento de la clase política. Ahora sabemos que su conciencia de clase no coincide con nuestra conciencia de su clase.

Tengo la impresión de que hablar de política nunca fue un tema tabú en la España libre; hoy, desgraciadamente, es una cuestión que preferentemente hemos de evitar para no enfurecernos.

Uno de los acontecimientos que de modo más gráfico retrata la España del 2011 es la cervecería Santa Bárbara de Madrid, Goya esquina con Alcalá, vacía a las 13:00 horas del pasado 3 de enero, con una terraza repleta adornada con estufas en las que unos cuantos fumadores se toman una caña para congelar sus manos. Para romper con la tradición, Beatriz y yo pasamos de largo. La nueva ley contra el tabaco es el reflejo de la nueva España, muerta merced a sus leyes, viva, sin embargo, gracias a sus gentes; muchas de ellas en paro. El pesimismo que se respiraba el 31 de diciembre pasado por la mañana, en los bares, contrastaba con la imagen que todos conservamos de la misma situación en finales de años anteriores. No sé cuál será la fotografía el 31 de diciembre próximo, pero intuyo que, por civilizados, consentiremos en la opresión de la ley. Lo que veremos, previsiblemente, es un montón de bares cerrados.

"Lo mejor es dejar de fumar". Del "no podemos conducir por ti" al "queremos que no fumes por ti". La lista de ambiciosos proyectos para que el Estado sustituya el papel de los padres y las madres contrasta con la nueva manera de entender el concepto de familia, compuesta ahora por individuos a los que unen ciertos lazos pero que son, primariamente, ciudadanos. Soy ciudadano antes que hijo y antes que padre, y antes que marido y antes que persona y sólo después de nacido, si así lo decide, ejerciendo su derecho, mi progenitora. Esta es la realidad. La vida es bella, buena y verdadera. Y por añadidura, siempre nueva.

Que no se pueda legislar sobre el grado de optimismo que una persona puede poseer es un alivio, incluso para aquellos que no comprenden que la realidad llama SIEMPRE al optimismo. Me parece que la crisis económica es mucho menos acusada de lo que lo es la crisis mental. El problema añadido podría ser que la primera ahondase en la segunda. Más bien, sin embargo, todo parece indicar que será más bien al contrario y que la crisis del bolsillo nos despertará del letargo intelectual. Como dicen los chateantes de Marca, "si no, al tiempo", que podría traducirse como "si crees que no tengo razón sólo tienes que esperar; para cuando podamos comprobar si estaba en lo cierto, ya te habrás cansado de la espera" Pues eso. Una alegría.

lunes, 13 de julio de 2009

Libros

Hoy me han regalado unos veinte libros. Me han dejado elegir entre varios cientos... Qué gozo, una pena que tuviese prisa y a mis tres hijos rodeándome entre libros y trastos. Sólo he podido empezar Entre el amor y la muerte de Gustave Thibon. Parece apasionante, se trata de una entrevista al intelectual francés. Me he enterado en el prólogo de que el tipo es autodidacta. Que hubo de dejar la escuela a los doce años para trabajar en el campo con su padre, agricultor y poeta, y que luego pudo ir formando su cabeza gracias a la poesía de su padre y a que un amigo puso a su disposición una completa biblioteca de filosofía. Luego se dedicó a estudiar teología, botánica, ... (cuando uno estudia filosofía en serio ésta se le queda siempre corta, quizá sea una de las principales virtudes de la filosofía, en contra de lo que muchos piensan, es la ciencia que abre puertas sin fin, en oposición a las ciencas que cierran por vacaciones hasta nuevo aviso). Allá por el año 1993 una persona cuya sabiduría he reconocido hoy -manda narices- me recomendó que leyera a Thibon. No lo hice, lo intenté, pero como no era fácil de encontrar, desistí pronto y supongo que fue entonces cuando descubrí a Cortázar o a Octavio Paz (tengo que copiaros aquí Instrucciones para subir una escalera, un cuento de una página de Cortázar.
Pero sobre todo -aparte de una versión bilingüe de la Retórica de Aristóteles y varios libros muy valiosos de la historia de España, me he encontrado lo que creo aventurar que es una joya, para mí desconocida, A lo largo de la vida, la primera obra en prosa de Rilke. Ya os contaré. Aunque mi proyecto más inmediato de lectura es el libro de inminente publicación de Eduardo Lostao, Levinas o la cumbre de la filosofía postmoderna. Julio es lo que tiene.

lunes, 6 de julio de 2009

Julio

El otro día me escribió un amigo animándome a dedicarle algo de tiempo al blog. Voy a intentar ser fiel a este compromiso, en julio. En agosto volveremos al desierto y me propongo que, en septiembre, con el inicio de la liga, vuelva a ser un espacio para el diálogo entre amigos.
Mañana San Fermín: Pamploneses, pamplonesas,... De julio siempre recuerdo que es uno de los meses en los que más énfasis se pone en hablar del tiempo, ese vicio malsano por hacer de la vida algo en lo que nos jugamos qué ponernos cada día. Hoy le decía a Eduardo que ya no puedo ponerme teórico, especulativo, porque me da por pensar en la muerte. Pero es sin duda mucho mejor que pensar que este verano viene apretando fuerte o que el fin de semana puede haber tormentas.
Lo mejor: un ventilador de lámpara. El otro día nos invitaron a pasar un fin de semana en una casa en la que la habitación que amablemente nos dispusieron, tenía un ventilador de estos. Es sensacional. Apenas notas el leve silvido de las vueltas, lo que, en condiciones normales, facilita el sueño, ayudado por la suave brisa del aire removido. Pero hay mucho más; te encuentras con la conciencia de estar "dándole vueltas" al ventilador, lo que te permite olvidarte de que hace calor. El domingo oía a una persona sabia decir: "siempre quejándonos del calor, esto no es calor ni es nada -sudábamos mientras hablaba-, es simplemente un ambientillo". Tiene razón: el calor sofocante, el que no permite dormir ni aun abriendo las ventanas y provocando corrientes, es el que te dice: "y mañana se prevén vientos del sur y un anticiclón insoportable", mientras te pierdes julio, como hiciste con febrero de lunes a viernes.
Yo prefiero ir a la presentación de Kaká y de Ronaldo, a ver qué se cuece.
Hoy en el Bernabeu, las no sé cuantas mil personas comentaban: "pues hace buena noche" y pensaban para sí lo que me decía Eduardo, que Florentino va a vover a caer en los mismos errores. Yo creo que sí, que julio lo hacen aburrido los comentarios acerca del tiempo, y nos aguarda con presagios de mal porvenir, nacidos del vientre satisfecho y las piernas perezosas.
Pero llegará agosto, repleto de estupideces. No bajemos la guardia, que en las playas hay más modorra mental que arena y más pensamientos infructuosos que en una presentación multitudinaria en la catedral del fútbol de las estrellas que, como lo políticamente correcto, son cada temporada diferentes.
Ojo al tema de las centrales nucleares, que ser ecologista ahora no se sabe qué significa. Pasa lo mismo que con "extremo" o "media punta". Propongo, para seguir la coña de los calificativos acerca de las posiciones políticas, que Simao es extremo y Robbin es extremista, por si hiriese alguna sensibilidad. Por cierto, ¿adónde va la estrella acerca de la cual Marca preguntaba en su encuesta de marzo -qué mes más frío hemos tenido- si era él o Messi el mejor del mundo? Abrazos

miércoles, 15 de abril de 2009

viernes, 20 de febrero de 2009

El viejo tema del poder y la autoridad

Prometí contestar a los comentarios de la última entrada y, por fin, encuentro el momento. Encuentro sumamente estimulantes los últimos comentarios de mi gran amigo Anónimo -empiezo a intuir quién es- así como los de Adrián, persona brillante y precoz. La cuestión para mi gusto no es política, en el sentido en que hoy empleamos el término; esto es, lo que está en disputa no es una diatriba ideológica, como muy bien puede verse por el rango de nuestro debate. El tema de fondo es filosófico, si se quiere, o literario, como intentaba defender. O sea, una cuestión que tiene que ver con la palabra. Dar la palabra... Con ella no se puede hacer otra cosa. En su último comentario, Anónimo decía que el Presidente tiene menos poder del que creemos. Por hacerme el gallego: eso dependerá de cuánto poder creemos que tiene. yo creo que tiene, al menos, el poder propio de un presidente de gobierno. Lo que está en juego es qué ocurre cuando quien tiene el poder, no tiene la autoridad y, sin embargo, eso a nadie le importa. A mí me parece que lo que nos jugamos en ese envite es nuestra propia integridad como ciudadanos. Quien está curado de espanto tiene algunas ventajas y, al menos, un inconveniente: puede no ser sensible al asombro. Estos día he estado hablando de "autoridad" comentando el capítulo X de El Principito. La autoridad, lo aprendí hace años, en su versión más teórica, de Jaspers, está relacionada con el respeto, la reflexión y la admiración, respecto de la sabiduría que hay en la tradición heredada. O sea, el respeto por lo verdadero. Evidentemente solemos confundir poder con autoridad, pero, siendo ambas cuestiones prácticas, el poder nos suele repugnar, porque pretende justificarse por sí mismo o, al menos, porque no se justifica por la autoridad. Esto es, porque no se hace respetar y, no obstante, exige respeto e incluso sumisión. La sumisión al poder se entiende muy bien como sumsión a la ley. Este, como sabemos, es un torcido y devastador invento moderno, que ha obviado, entre otros momentos sublimes de la historia, a Sócrates. La legitimación de la ley no tiene salida en cuanto se hace explícita, porque lo que merece respeto lo merece por sí mismo, no por algo al margen de ello. Así, la autoridad tiene ganado el respeto por el ejemplo, no por la decisión ulterior que decide si algo es autoridad -la merece- o no. El poder que se sustenta, no en sí mismo, en el ejemplo práctico tal cual -como el que ejerce un padre sobre su hijo o un buen maestro sobre un buen aprendiz-, sino e un juego previamente pactado, es el poder que repugna y es aquel del que decimos siempre que corrompe. No sólo corrompe al que lo detenta, sino a aquellos sobre los que se ejerce -o se comete-. Yo abogo más bien por el poder entendido en sentido aristotélico -que me corrija Anónimo-, como potencia. La potencia depende de lo que se es, porque lo que se puede no es lo posible, sino lo real. Si no digo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad pierdo, no sólo credibilidad, sino autoridad. La política basada en el poder y no en la verdad (¡aunque fuese mi opinión subjetiva acerca de lo verdadero!), pierde toda su legitimidad, a pesar de que tenga el respaldo de la ley. Si creemos más en la ley -en el jueg político- que en su legitimidad, no creemos en nosotros mismo porque, para empezar, no tenemos nada que decir hasta que no se apruebe qué se puede decir. Cuando se habla de crisis de valores y de la problemática relativista creo que se apunta justamente a esto: a que la legitimación a posteriori es una trama que nos deja inermes ante la elección del poderoso y, lo que es peor, nos hace creer justificados por los que son capaces de mentir para ejercer el poder. Por esta senda, la libertad ciudadana queda extinguida y, por tanto, no podemos esperar compromiso, ni político, ni literario. Ni con las ideas, ni mucho menos con las palabras. Para eso se han invetado los blogs, para evitar el atropello de decir sin decir nada porque da igual que lo que diga me lo crea o no, mientras la mayoría haya depositado su confianza (?) en mí. El problema real de la democracia es, también, que la verdad puede no tener que ver con la realidad. Y eso, en mi modesto punto de vista, o es un contrasentido, o no he entendido nada hasta ahora. Abrazos.

miércoles, 28 de enero de 2009

Un amigo mío quiere funda una revista literaria y no le sale

Crear una revista literaria es más fácil de lo que parece, desde el punto de vista de la calidad literaria del contenido, si tenemos en cuenta el ínfimo nivel de lo que se escribe, por ejemplo, en los periódicos. Una de las grandes ventajas de las revistas literarias es que no tienen fecha de caducidad, porque la literatura no tiene nada que ver con la actualidad. En ese sentido, la literatura siempre ha sido políticamente incorrecta o, al menos, debería ser realmene apolítica. El otro día escuché -ver la tele me supone un sobreesfuerzo enorme si no se trata de fútbol- alguna de las respuestas del presidente del gobierno. Decía Zapatero que él no había prometido pleno empleo en la actual legislatura, sino que tan sólo se había referido a ello como un objetivo. Si uno visita la hemeroteca puede comprobar que Zapatero no dijo: "prometo que lograremos el pleno empleo". Ni tampoco: "nuestro objetivo es el pleno empleo". Sino: "en la próxima legisatura lograremos el pleno empleo". ¿Mintió? Sobre una previsión no se puede mentir, se puede fracasar. Miente, sin embargo, al decir que no lo prometió, sino que era el objetivo, porque se trata de un verdad a medias. Claro que es un objetivo, pero si todo discurso político se toma en serio, entonces vemos que lo que no es serio es la política misma. Imaginemos que digo a mis alumnos: "mañana vendrá a veros, aquí, al aula, Sergio el Kun Agüero". Y no va. No puedo decir, dije que era mi objetivo que viniera, no prometí que lo hiciera. Los alumnos no me tomarían e serio o sencillamente pensarían que he perdido el juicio al hacer un chiste malo. Pero esto en política no es una cuestión de bromas sin gracia, sino de algo mucho más serio: en política se puede mentir. Hay que decirlo y analizarlo con toda claridad. La razón de ello es que la política es la gestión de la actualidad. De ahí que el discurso político no tenga nada que ver con la verdad. Ésta no se pasa, pero la actualidad es el pasar mismo. Hacerlo bien en política es decir en cada momento lo que conviene, no lo mejor. Los ciudadanos de a pie empezamos a aceptar de buen grado el juego de la política como un escenario más en el que tiene lugar la actualidad. En este sentido el periodismo y la política se parecen entre sí y se parecen a la gestión de los equipos de fútbol y a las runiones de sociedad de la aristocracia decmonónica. La opinión pública, acrítica por definición, opina acerca de lo que se dice -siendo el caso que se dice lo que conviene, según vengo sosteniendo- y no de lo que sucede. En resumidas cuentas, la verdad no es que sea indiferente, es sólo una cuestión subjetiva en el siguiente sentido: verdadero es lo que cada uno quiere creer como verdadero. Como consecuencia de ello, la realidad es virtual -verdad y realidad, como enseña la filosofía, se pertenecen mutuamente-. Por eso es preferible dedicarse a la literatura, donde sí hay verdad, o al menos puede haber intención de dar con ella. Otra posibilidad es recomendar a los políticos escribir más y hablar menos. Porque uno tiene mayor pudor cuando escribe, puesto que lo escrito, no resiste el cambio, no es servil con respecto a la actualidad. Voy a animar a mi amigo con la revista, puesto que el único problema que tiene es que no hay gente dispuesta a acompañarle en la aventura. Este obstáculo tampoco es nuevo; la dificultad para hacer algo en un grupo de trabajo es doble: que nos cuesta cada vez más hacer grupo y que lo del trabajo es, para muchos, una realidad que sería deseable extinguir. Ello tendría, sin embargo, una ventaja: si no hubiésemos de trabajar, no sería tentador vivir del cuento, o sea, de la actualidad, con lo que ser político podría llega incluso entenderse como una vocación de gestión veraz de la realidad.